El tiempo nos come, nos persigue.
He sentido mucho cansancio sobre mi cuerpo. Al acostarme en mi cama, siento que mis párpados están hechos de cemento, que se cierran solos. Pero mi mente no se detiene, y no puedo dormir, aunque me pesen los ojos y me duela la cabeza.
El insomnio tiene agujeros profundos, llenos de desesperación, pestilencia y dolor. Sus garras son largas, muy largas. Me atrapan y me dejan caer sobre una cama en la que no consigo dormir. Mi mente recorre el mismo camino, ese camino tan familiar de la tristeza. Sé lo que voy a encontrar, y no consigo cerrarme ante ello; cada vez me fortalezco más contra la visión de su cara, de sus asquerosas manos.
Cuando logro dormir caigo en una red de pesadillas. Son vívidas y el furioso latir de mi corazón no las detiene, y tampoco los gritos.
Me pregunto si de este lado emito algún sonido. Si grito mientras duermo.
Quisiera no soñar, que mi cabeza se quede en siencio.
El tiempo me sigue comiendo y no puedo dormir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario