martes, 16 de septiembre de 2014

Objetivos.

"Ingen, ingen, ingen, ingen hör".

Escribir aquí es como enviar mensajes en una botella, a la vastedad del mar. Es casi seguro que nadie los leerá; pero quién sabe. Quizá en algunos años llegarán a tus ojos, o mañana. Te hablo a ti por costumbre.
Me parece que ya hace una década que te escribo; la mayoría de las veces sin obtener respuesta.
Lo que no he perdido son las ganas de escribir. No me había dado cuenta porque escribía en hojas de mis cuadernos, en documentos olvidados.Todo se quedaba tirado por ahí, porque escribía para nadie. Y justo nadie leía.
Últimamente me queman los dedos por todo. Por dibujar, leer, escribir.
Pensé que ya había secado todo de mí. Lo único que me pone frenética son las pesadillas.
La misma pesadilla.

Grito y no me sale la voz. Golpeo sin fuerza. Ahí está él riéndose. Ahí está ella, incrédula.

En algún momento debería volver al sofá de un loquero. Que me dé felicidad en forma de pastillas. Tranquilidad en gotas para dormir. Pero no.
Al fin veo el objetivo de que todo eso me pasara. Tengo que contarle a alguien. A quien sea. Tengo que contarlo. No para contarlo. Para que se sepa.

Hoy no.

Hoy hay que hacer como las personas civilizadas y ponernos al día. Después de todo, hace años que no te escribía.

En resumen: Estoy parada en el mismo lugar en que me dejaste. Fin de la historia. Tal vez suene aburrido, pero entre esas líneas de monotonía existen pequeñas y largas historias que no deben ser contadas. La buena noticia, es que aún disfruto con hacer lo que no debo. De ahí nacen las aventuras, los recuerdos grabados a hierro y fuego en la mente y el cuerpo.

La primera historia a contar: Un primer beso de una hora.

Tenía puesta la pijama. Era un vestido corto con listones. Había terminado mi relación que duró casi dos años. Como último presente recibí unos tenis morados. Ella tenía la costumbre de querer comprar mi amor y mi perdón. Nada dice "lo siento" como un ramo de flores, una carta muy sentida y buen dinero gastado.
Llevaba puestos los tenis morados. Y sentí dolor porque todo terminó. Lloré en sus brazos, porque es mi mejor amigo. Se quedó más tiempo de lo acostumbrado para consolarme.
Cuando estuve de mejor humor nos sentamos en la sala. Había comenzado un juego unos días antes; lo comencé en el trabajo. Me acerqué a él por detrás, mientras estaba sentado. Saqué mi lengua y puse la punta en su mejilla. Siendo justos, no era un beso. Era otra forma de fastidiar. Seguí con ese juego en el sofá.
Mi lengua en su mejilla y él arrugaba la cara y me empujaba. Su lengua en mi frente y le daba un manotazo.
La punta de mi lengua en su nariz.
La punta de su lengua en mi ceja.
La punta de mi lengua en su mejilla.
La punta de su lengua en mi barbilla. Una sonrisa.
En el lóbulo de su oreja. Otra sonrisa.
Él en mi mejilla.
En la comisura de sus labios.
En la comisura de mis labios.
Mis ojos fijos en los suyos.
Una sola frase, salida de sus labios "Vamos a besarnos".
La siguiente hora estuve sintiendo sus suaves labios, su boca abierta y la punta de mi lengua rozando la suya. Estábamos sentados lado a lado y nos tomamos de la mano. Me senté a horcajadas sobre él. Mis tenis nuevos y morados a cada lado de sus piernas. Mis piernas abiertas y la pijama ligeramente subida. Puse mis manos en su cara, su cuello. Sentí sus suaves orejas mientras mi lengua buscaba a la suya, abrí los ojos y encontré los suyos cerrados.
El calor se concentraba entre mis piernas, podía sentirlo cuando movía el cuerpo. Sentía sus grandes manos sobre mi cintura. Estaban fijas ahí. Me faltaba el aire y quería que las moviera por todo mi cuerpo. Esperaba que me acariciara; pero sus manos no se movieron.
No aguanté más y sentía que jadeaba. Terminé el beso con otro pequeño y suave, plantado en sus labios. Se veían enrojecidos  y ligeramente hinchados. Suspiré y pegué mi frente a la suya. Mis ojos fijos en los suyos. Cerré los ojos y volví a sentarme a su lado.

No recuerdo de qué hablamos. No recuerdo qué más hicimos ese día; incluso le he preguntado, pero él tampoco lo recuerda. Lo despedí en la puerta de mi casa con un abrazo y una sonrisa.
Subí a mi cuarto y me quedé dormida, sintiendo el pecho lleno de satisfacción. Y algo de incertidumbre ¿Y si ya no somos amigos? ¿Y si no vuelve?

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